viernes, 1 de abril de 2011

Libro de la Tradicion a la Verdad.

De la Tradición a la Verdad.

La historia de un sacerdote católico romano

Richard Bennett

Nací en Irlanda, en cuna de una familia católica de ocho hijos. Tuve una niñez dichosa y feliz. Mi padre fue coronel del ejército irlandés hasta el día que se jubiló, cuando yo tenía nueve años. Como familia, nos gustaba jugar, cantar y actuar en dramatizaciones. Nuestra casa estaba en un campamento militar en Dublín.

Éramos una típica familia irlandesa católica romana. Algunas veces mi padre se arrodillaba al lado de su cama para orar de una manera solemne. Mi madre le "hablaba" a Jesús mientras cocinaba, o lavaba los platos, o hasta cuando fumaba un cigarrillo. Casi todas las noches nos arrodillábamos en la sala de casa para juntos rezar el rosario. Nunca faltábamos a misa, a menos que estuviéramos gravemente enfermos. Como a la edad de cinco o seis años, Jesucristo ya era una persona muy real para mí, lo mismo que la virgen María y los demás santos. Puedo identificarme fácilmente con otras personas de las naciones europeas tradicionalmente católicas y con los latinoamericanos y filipinos, que ponen a Jesús, María, José, y a todos los otros santos mezclados en un mismo caldero de fe.

En la Escuela Jesuita de Belvedere me inculcaron el catecismo. Fue también en esa escuela donde recibí mi educación primaria y secundaria. Al igual que cualquier niño educado por los jesuitas, antes de los diez años ya podía recitar las cinco razones por las que Dios existe, y por qué el Papa era la cabeza de la única iglesia verdadera. Rescatar almas del purgatorio era un asunto muy serio. La frase citada con frecuencia, "Es un pensamiento santo y bueno orar por los muertos para que sean liberados de sus pecados", la aprendimos de memoria aunque no comprendíamos el significado de dichas palabras. Nos dijeron que el Papa, por ser la cabeza de la iglesia, era la persona más importante del mundo. Lo que él decía, era ley, y que los jesuitas eran su mano derecha. Aunque la misa se decía en latín, trataba de asistir diariamente porque me intrigaba la profunda sensación de misterio que la rodeaba. Nos dijeron que esa era la manera más importante de agradar a Dios. Nos animaban a rezar a los santos, y teníamos santos patrones para casi todos los aspectos de la vida. No solía rezar a los santos sino sólo a San Antonio, el patrón de las cosas perdidas, pues a cada rato perdía una y otra cosa.

Cuando tenía catorce años, sentí un llamamiento a ser misionero. Sin embargo, este llamamiento no afectó la forma en que estaba conduciendo mi vida. Los años más agradables y de más satisfacción que pasé de mi juventudfueron entre los dieciséis y los dieciocho. Durante esos años tuve buen rendimiento en lo académico y el atletismo. A menudo tenía que llevar a mi madre al hospital para que recibiera tratamientos médicos. En cierta ocasión, mientras esperaba que la atendieran, encontré un libro donde citaban los siguientes versículos de Marcos 10:29 al 30: "Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo... y en el siglo venidero la vida eterna". Sin conocer el verdadero mensaje de la salvación, me sentí persuadido de que realmente había recibido el llamamiento de ser misionero.



Publicado por Chapel Library • 2603 West Wright St. • Pensacola, Florida 32505 USA
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